Reencuentro

¿Cuantos años han pasado ya? Sabes una cosa, solo de pensarlo me tiemblan las manos al escribir, y me siento tan nervioso como cuando estas a punto de declarale tu amor a una mujer. Cuantas cosas te he querido contar a lo largo de todo este tiempo, en cuantos momentos añoraba tu presencia siempre cálida y llena de paz. ¿Te digo algo? No es tan fácil abrir el libro de las memorias, porque aun cuando todos los recuerdos que tengo de ti, de nosotros, siempre fueron placenteros y con un amor incondicional, en el último de ellos todavía me cuesta trabajo adelantar esa página.

Afortunadamente el destino me reunió contigo de nuevo, de una forma que nunca espere: fue hace solo unas semanas en las que recorría las calles de San Cristóbal en busca de una situación inesperada o de un momento mágico que pudiera capturar con mi cámara. Al pasar de las horas pude encontrarme con diferentes lugares; rincones olvidados, parques con niños corriendo, familias conviviendo en patios llenos de historias. También pude retratar sonrisas, tristezas, y miradas perdidas en los rostros de nuestros indígenas chiapanecos, que comercian con su artesanía en los mercados de este lugar, pero no fue hasta llegar al centro del palacio municipal cuando de pronto aparecí frente a este artefacto, y así de la nada mi cuerpo se paralizo con una sensación muy extraña, fue una mezcla de asombro e incertidumbre. Ante mi se encontraba una maquina de proyección de cine llamada The Peerless construida en 1900 en la ciudad de Chicago, esta máquina fue traída a México Distrito Federal para la primera sala de cine mudo, y funciono hasta el año de 1940 en el “Cine Colonial” año en el que se le adapto sonido y fue trasladada hasta Ocosingo Chiapas. Permanecí frente a ella largos minutos, observando cada detalle, imaginando cuantas películas habrán pasado por sus carretes, a cuantas personas habrá encantado con las historias de aquellas películas mudas.

Tengo que reconocer que mi asombro y admiración por esta maquina surgió por mi fascinación por el cine, o por lo menos esa fue la explicación que me di, cuando me vi hipnotizado con este proyector, ¿pero sabes?, que equivocado estaba.

Al regresar a la ciudad, me encontré con mi padre a quien le mostré las fotografías de todo mi viaje y justamente al llegar a las imágenes de dicho proyector me relato la siguiente historia:

Con tan solo nueve años de edad, llego este niño a la ciudad de México acompañado por sus nueve hermanos, una madre viuda y los bolsillos vacios, partieron de Aguascalientes para buscar una mejor vida. En aquellos tiempos las cosas no eran fáciles, sobre todo para este niño, que con la promesa de ver por sus hermanos y su madre, fue en busca de un trabajo que pudiera traer comida a la mesa. En su espalda cargaba una caja de madera llena de refrescos, sobre sus hombros colgaba una charola que contenía los muéganos y palomitas que preparaban en su humilde casa, y de esta forma caminaba largas calles para llegar hasta su destino: “El Cine Colonial”. Aquel niño no se podía dar el lujo de tomar el transporte colectivo, ignoraba el cansancio y los pies llenos de ampollas con tal de gastar lo menos posible, de esta forma todas sus ganancias las entregaba integras a su madre. Por los siguientes años el único salón que pudo visitar no fue el de las escuelas fue el de la sala de proyección, donde vendía a diez centavos las bolsas de palomitas, sus muéganos y refrescos.

Este niño eras tu abuelo. Frente a tus ojos pasaron miles de historias en esa pantalla, ¿habrás tenido tiempo para reír en aquellas películas?, ¿para admirar la magia del invento del siglo veinte? ¿O será que tu mente solo estaba concentrada en ganar esos centavos? De cualquier forma este proyector que ahora es patrimonio nacional y forma parte de la historia mexicana, ahora significa más que eso abuelo, más que el siglo de películas proyectadas, más que las miles de personas que hizo llorar, reír, estremecerse, en sus butacas. Ahora es una historia entre tú y yo.

La última vez que nos vimos yo tenía casi la misma edad que tenias cuando trabajabas en ese cine, yo me acerque al cuarto de mi casa donde viviste tus últimos años, y al escucharte llorar abrí la puerta muy despacio, me quede parado durante algunos segundos, tú estabas acostado en la cama y me pediste que me acercara a ti, me abrazaste fuertemente, por tus mejillas corrió un llanto cargado de tristeza y soledad, “se fue mi güera” me decías con tu voz ronca “se fue mi güera” (refiriéndote a mi abuela), “ya no quiero vivir más” hasta este momento no sé de donde saque la fortaleza para consolarte y parar aquel llanto. Todavía nos quedan muchas historias que vivir te dije, caminos que recorrer, ¿te acuerdas?, pues si, así es, el destino me unió contigo de nuevo y ahora estoy aquí platicando contigo, otra vez. Como en los viejos tiempos.

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